domingo, 23 de noviembre de 2014

La casa en calle Santiago.


He pensado mucho tiempo y aún hoy me viene ese impulso, de hacerme pasar por un potencial comprador -y de verdad quisiera serlo- y pedir permiso para conocer con detalle esa intrigante vivienda de la que tanto he oído en muchos años, y considerando el cariño que he tomado por esa zona, donde he trabajado muchísimos años y aun hoy sigo rondando por distintas ocupaciones; Quisiera estar en el sitio de tanta historia rara, y a juzgar desde afuera, la casa, rodeada de construcciones que la hacen ver cada vez más pequeña en el conjunto del barrio, lleno de edificios y casonas mucho más visibles, no deja entrever mucho misterio, a no ser por una serie de cuestiones que la inscriben quizás como un hito en medio de ese aglomerado del centro.
Inicialmente en el terreno había una construcción de principios del siglo pasado, donde habitaba una familia sirio libanesa, que por su actividad comercial progresaron dejando su vivienda para trasladarse a sitio más cercano al centro, quedando el lugar deshabitado y luego de unos años siendo demolida para dar lugar a la casa que todos conocemos actualmente, de estilo algo inglés, con sus rejas talladas, sus terminaciones finas en madera, el techo en marcada pendiente de tejuelas negras y los altillos y el modesto jardincito. Nada del otro mundo en apariencia...
Un matrimonio, primero, con un apellido ligado al azúcar, hace bastantes años es el primero en habitar la casa, que por entonces si se destacaba, pues no era tan poblado de departamentos y la vida más tranquila hacía del vecindario un lugar quieto a veces, sin demasiado para contar, a no ser por la proximidad con la Iglesia de San Roque, en esa misma esquina.
Su vida normal, al ser gente mayor y con hijos viviendo fuera, no presentaba motivos de sospecha para los vecinos que veían con simpatía a estas personas que tampoco eran muy dadas; A veces había reuniones en esa casa, para las fiestas, o algún cumpleaños en marzo al parecer, pero nada más que eso.
Luego, y de un día para el otro, la gente del barrio se da con la noticia de que la casa fue abandonada repentinamente, la mudanza del matrimonio fue hecha en una sola tarde y a prisa sin mayor explicación.
Dirá luego Don Otermín, el viejo propietario del almacén de la esquina que la empleada cierta vez refirió ver a un "monje" pasear por los pasillos, y que esos los señores le achacaban a la imaginación de la jovencita que por temor contó aquello, ante el descrédito de los dueños de casa.
A poco de aquello, es otra familia la que llega a la casa, sin sospechas de nada, y es a una hija adolescente a la que comienzan a aparecerle siluetas extrañas, sobre todo al pie de la escalera, -visible desde la calle- y en un pequeño patio interno que da al sur. Las apariciones constantes alarman a los padres de la muchacha que deciden tomar por confusión de su hija los relatos. La chica, que entonces iba al Colegio Guillermina, acabará sembrando la historia primero a sus compañeras y luego tomará fama en toda la ciudad, pero sin llegar a explicar bien con palabras lo que sucedía allí dentro.
Finalmente, y luego de que la joven y su madre son "encerradas" en uno de los cuartos con llave, "por algo" que parecía saber abrir y cerrar puertas a gusto, es cuando la familia pone en venta el inmueble.
Serán otros desgraciados propietarios un tiempo después los que acaban de poner la nota de terror al lugar.
Un ingeniero, militar retirado y su familia, con chicos y una tía aparentemente extranjera, se instalan en la casa sin conocer su fama, o tal vez no dando importancia a lo que oyeran. Aquí entonces ya no son sólo "siluetas" que aparecen, o un travieso algo que gusta de las bromas de las puertas que se abren y cierran. A esta familia, además de visitas de formas y sombras, les sucede a poco de llegar, una bienvenida de platos que caen de la decoración en paredes, muebles que se mueven de su sitio y lámparas que bailan solas sin motivo aparente, sobre todo a las mujeres de la casa en cualquier horario que las encontrara solas en alguna habitación o hasta en espacios como el baño o la cocina. Ya no eran solo visiones, eran verdaderas manifestaciones de lo paranormal; o luces que provenían "del piso", o un "hombrecillo" vestido de hábito negro que tarareaba sentado los sillones del living y cosas así, demasiado perturbadoras para seguir pensando sólo en imaginaciones o sugestión.
Lógico, esa gente se va de allí.
La casa pasa muchísimos años en inmobiliarias sin suerte de alquiler siquiera. Ni hablar de compradores, la fama estaba echada ya. Transeúntes y vecinos son los que entonces testifican ver luces que se prenden y apagan, ruidos como de gente reunida conversando animadamente adentro -no vivía nadie- y "extraños humos" por lo que más de una vez se llegó a llamar a los bomberos ante la alarma de los vecinos que creían un incendio y al rato desaparecía como llegó por los techos...
En esos períodos de soledad, por momentos muy breves, la casa tiene nuevos inquilinos, y aquí llega el testimonio de Marcos, un conocido al que le confío que visita en esa casa a sus tíos acabados de mudar a principios de los noventa al lugar. Y es que limpiando, su tía Susana, una tarde, sobre una mesa que quedó en la casa y estaba obviamente percudida por el tiempo sin uso, se lleva el susto de su vida, cuando al terminar de limpiarla y habiéndola dejado lustrada, en un descuido de darse vuelta solamente y voltear a ver nuevamente, se da con la mesa completamente sucia, con caca de pájaros seca, como de hace bastante; Sin asco por eso, pero espantada por un letrero hecho como con un dedo de la mano que escrito decía "Andate", esta mujer casi pierde el equilibrio y a los tropiezos corre fuera para luego cruzarse a la Iglesia y narrarle al sacerdote de turno lo ocurrido.
El Padre, sabiendo de oídos cosas acerca de la casa le recomienda bendecirla y no temer; Pero tarde, porque a la familia le toca experimentar con mayor violencia lo que a las anteriores, los vuelos de la vajilla, la rotura de ventanas, los muebles que se movían solos, cajones que caían de su estante, y demás, abandonando en poco tiempo el sitio que parecía definitivamente "tomado" por esa extraña fuerza.
La casa, en estado de dejadez, por mucho tiempo deshabitada, vuelve a los largos períodos de olvido y muchos comienzan a interesarse nuevamente, perdiendo el interés cuando les llegan las historias, y actualmente, -no se si será visión o no- es un matrimonio de dos ancianitos la que la habita, y se pueden ver todavía por ratos a una señora muy mayor sentada conversando en una mecedora con un viejecito de aspecto cansado adentro... Pero calculo que son gente viva y no espantos, gente que tal vez como yo, no teme a esas cosas y disfruta esa hermosa casita con o sin los inquilinos de siempre...

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